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“He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.”

El principito, Antoine de Saint-Exupéry

Tener la posibilidad de ver, admirar el mundo y disfrutar de los paisajes y colores puede ser un privilegio. Imagina por un momento cómo sería tu vida si esto cambiara, si las luces se apagaran por completo o simplemente de manera paulatina como si una batería se fuera apagando y con ella la luz de tus ojos. Intentar hacer todas las cosas que a diario realizamos sin ver nada o ver muy poco significaría un reto para cualquiera que goza del sentido de la vista. En casa, por ejemplo, tropezaríamos bastante, pues confiamos plenamente en nuestra vista para todo lo que hacemos, inclusive juzgamos cosas o personas solo por su aspecto.

La vista es algo maravilloso, pero no podemos ni debemos dejar de lado los otros sentidos. Supongamos que vemos un pastel, lleno de frutas, deliciosas, crema y un aroma de recién horneado (a estas alturas ya lo imaginaron porque antes lo han visto). Ahora, ¿qué sería de esta maravilla si lo probáramos pero no pudiéramos disfrutar de su sabor o sentir su fragancia? Estoy seguro de que la experiencia visual no será suficiente para lograr saciarnos, y así entendemos el cuerpo como un maravilloso mundo de sistemas que, apoyados unos en otros, nos permite vivir experiencias completas de vida y conocimiento.

Pero volvamos a la idea inicial, ¿si no puedo ver, cómo podría seleccionar mi ropa?, ¿si no veo, cómo voy a cocinar mis alimentos?, ¿si no veo, cómo voy a diferenciar mi dinero? Estas tres son solo algunas de las preguntas básicas que se puede hacer una persona ciega en su día a día. Cuestiones como comer, salir a la calle, afeitarse, maquillarse, ocuparse de la casa, entre muchas más que son tan cotidianas para todos nosotros, no son el centro de nuestras preocupaciones porque, sencillamente, las hacemos casi sin pensar.

Ahora bien, debemos diferenciar varias situaciones cuando hablamos de la pérdida de la visión. En primer lugar, hay personas ciegas y otras que tienen baja visión. Así mismo, hay personas que nacen ciegos y otros pierden la vista después de haber gozado parcial o totalmente de ella. Es importante entender, a partir de esto, que la reacción que tienen las personas frente a esta pérdida varía de uno a otro. Hay un proceso de duelo en el que deben asumirse los cambios que esta situación representa, dándole el valor que se merecen todas las demás cosas en su entorno y en sí mismos, como por ejemplo los otros sentidos.

Aprender hacer todo de nuevo es complejo, más cuando se es ya adulto. Existen rutinas, costumbres, y una forma de hacer cada cosa, sea algo simple como preparar un café o algo complejo como usar la computadora, pero lo que toma el mayor tiempo es aceptar esos cambios, y tomar la decisión de seguir adelante, sacando provecho de las demás habilidades adquiridas en la vida. Esto puede parecer fácil en papel, pero la realidad es otra muy diferente. Pongamos un ejemplo, un cirujano especializado con varios años de experiencia, quien lleva la mayoría de su vida formándose para poder ejercer, pierde la vista. El choque emocional para él, o para cualquier persona que se enfrente a una noticia de esta índole, es enorme, pues no podrá seguir ejerciendo su profesión de la forma en la que estaba acostumbrado. De hecho, lo primero que se tiende a pensar es que no van a ser capaces de hacer nada por ellos mismos. Pero, si lo vemos desde una perspectiva más amplia, una persona con su formación académica podría aportar a su campo desde otros escenarios, como por ejemplo la docencia, o podría llegar a ser un conferencista, asesorar al personal médico que trabaja en su campo, o explorar otros escenarios donde pueda poner al servicio de otros su conocimiento.

Existen varias opciones desde las que se puede vislumbrar luz aún en la oscuridad, se pueden construir nuevos caminos desde el conocimiento o la experiencia. Esto depende, principalmente, de la posibilidad de superar el duelo y reconocerse como una persona que puede ser productiva en la sociedad, aportar a su familia y ser capaz de hacerse cargo de sí mismo.

Los demás sentidos, como herramientas de superación, son primordiales. Empezando por el tacto, pues aquellas personas que han perdido la visión pero que quieran escribir y leer pueden aprender el lenguaje braille. También pueden diferenciar objetos y texturas a través de sus manos, hasta llegar a, por ejemplo, identificar si sus prendas son de hilo, algodón o lana. Lo mismo puede pasar con el dinero y las monedas, que a partir de su tamaño, grosor, peso y textura, les indica su denominación.

Otro sentido que resulta vital para estas personas es el oído, el cual también se agudiza cuando falta la vista. Esto les permite escuchar mejor todos los sonidos del entorno y resulta especialmente útil cuando se hace uso de herramientas tecnológicas como los lectores automáticos, que no son otra cosa que un repetidor de lo que la personas escribe en su teclado tradicional, braille o teléfono. Así, estos aparatos les permiten seleccionar sonidos y alarmas para diferentes actividades, con lo que pueden asociar un sonido a una acción en particular.

Por otra parte, y no menos importante, el olfato es fundamental para la vida cotidiana. Con este, en particular, pueden identificar elementos cotidianos como la colonia, el desodorante, el shampoo, los ingredientes con los que cocinan, vegetales, frutas, verduras, carnes entre otros, así como situaciones a su alrededor para identificar peligros o situaciones de emergencia.

Sin embargo, el sentido más importante de todos es el de pertenencia y de amor propio. Este es clave para establecer una relación con los demás, más allá de la condición física que se tenga. Este sentido se desarrolla con ayuda de la familia y de las personas cercanas, pues ellos también deben aprender a vivir con alguien que tiene necesidades diferentes. Cosas tan sencillas como, por ejemplo, no cambiar las cosas de lugar y poner los objetos en un orden específico pueden contribuir a que la persona invidente tenga una vida más sencilla. También, el mantener rutinas de entretenimiento haciendo uso de herramientas tecnológicas contemporáneas, como las películas con audio descriptivo, los audiolibros o los juegos, entre otros, es parte de ese acompañamiento y apoyo. Pero, lo más importante, es entender que, aunque tenga alguna condición diferencial, o haya perdido alguno de sus sentidos, esta persona sigue siendo un par. Las diferencias son solo obstáculos para quienes no pueden ver las posibilidades.

En Bogotá existe una entidad llamada CRAC, Centro de Rehabilitación para Adultos Ciegos, una fundación privada y sin ánimo de lucro, que ofrece programas de acuerdo a cada necesidad. Esta organización se ha dedicado desde hace varios años a la rehabilitación integral para el desempeño ocupacional y la inclusión social de las personas que tienen alguna discapacidad visual. Si quieres conocer más sobre su trabajo, puedes leer el artículo Visualizando el futuro, que se encuentra disponible en nuestra edición Salud con perspectiva, disponible en nuestra página web completamente gratis.