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En esta oportunidad, Mariana Vargas nos lleva hasta Japón antes de la Gran Guerra para conocer a una interesante autora con alma de viajera y creadora. 

Mariana Vargas Fety*

La autora, Fumiko Hayashi, en una fotografía de 1922. Fotografía de WikiCommons.

Japón es como el agua que fluye, nunca se queda quieto. Desde el año pasado los ojos del mundo estaban fijos en este país. No olvidemos la coronación del príncipe Naruhito, acontecimiento llevado a cabo el 22 de octubre de 2019, evento al que asistieron unos 2.500 invitados ilustres entre los que se cuentan miembros de las casas reales de España, Holanda, y también dignatarios y parlamentarios de todo el mundo. Con la abdicación de su padre, Akihito, el nuevo regente dio inicio a la Era Reiwa, que significa “hermosa armonía”. Este nombre proviene de los caracteres tomados de un bello y antiguo poema de Ōtomo no Yakamochi (718 d. C. – 785 d. C.), un sabio estadista e intelectual. Lo anterior muestra que Japón es un país que se debe a sus artistas, poetas, novelistas y pintores. Las decisiones importantes siempre han estado acompañadas de la opinión de conocedores de la historia milenaria y también de la estética y la belleza. Es un país que pugna por ser moderno, fuerte, invencible y se caracteriza por ser de los primeros países en cuanto a avances tecnológicos, médicos y científicos. Pero, al mismo tiempo, tiene un profundo vínculo con su pasado y no puede fácilmente dejar costumbres de antaño.

Japón iba a ser, también, la sede de los Juegos Olímpicos de este año y los amantes del deporte esperaban con especial atención y expectativa el gran encuentro entre atletas. Sin embargo, debido al brote del nuevo coronavirus, fueron muchas las actividades culturales que se suspendieron. Recientemente se habla de una segunda e incluso una tercera ola de contagios, a tal punto que Japón ha declarado un estado de emergencia. El primer ministro, Shinzo Abe, declaró que darán una “larga lucha” ante la amenaza de este virus. Así pues, cada habitante japonés como si de un samurái se tratase, ha creado su propia armadura, sigue las medidas de seguridad para la contención de la enfermedad y así puede proteger su salud y la de los que le rodean. Hay quienes dicen que Japón está experimentando una de sus peores crisis históricas después de la Segunda Guerra Mundial. Cierto o no, ante una nueva crisis y largos períodos de encierro, las familias japonesas aprovechan el tiempo para recordar el pasado y de trabajar por el futuro.

A lo largo de su historia, Japón se ha enfrentado no sólo a enfermedades contagiosas sino también a los fuertes sismos, maremotos y volcanes. Cada vez que la humanidad está cerca de lo que parece ser su fin, se une más a sus seres queridos, experimenta una introspección con la que puede analizarse y crecer como persona. Y, también, se le permite realizar alguna obra de creación artística, un proyecto en el que puede dejar vestigio de su existencia.

El país nipón posee una historia de hombres y mujeres de raza guerrera y que, si bien han conocido la guerra, el hambre, la desolación, siempre han sabido reponerse y seguir adelante. Poseen un espíritu de valentía y de regeneración. Lo anterior visto también en su literatura, cine y fotografía. Fumiko Hayashi fue una de las grandes representantes de las letras japonesas y un ejemplo de persistencia y de ver las letras como un refugio ante la adversidad. Fue sinónimo de cambio, de lucha y de superación. Desde muy temprana edad conoció el desarraigo en múltiples formas. Su vida y escritura se convirtieron en el sinónimo de un viaje errante el cual conducirá al lector a un Japón cambiante, que padecerá diversas crisis, guerras y conocerá las consecuencias del amor no correspondido. Pero que respondió al mundo con lo mejor que tenía: su escritura. Y esto último no sólo la ayudó a seguir adelante, la inmortalizó.

Miradas peregrinas

Fumiko Hayashi vino al mundo el 31 de diciembre de 1903 en Shimonoseki. Sus padres fueron un matrimonio de comerciantes que, durante los primeros siete años de su vida, le permitieron una existencia estable. Poco después, el destino cambió para siempre la vida de Fumiko. La madre se enamoró de uno de los empleados del padre y decidió abandonar el hogar para irse con él. La joven Fumiko acompañó entonces a su madre y padrastro a una nueva vida como vendedores ambulantes por toda la región del norte de Kyūshu. La nueva familia no tenía a su disposición un domicilio fijo y a edad muy temprana Fumiko conoció el trabajo duro y el hambre. Ayudaba, solícita, a su madre y padrastro con la venta de toda suerte de baratijas y alimentos para poder ganar el sustento y pagar algún lugar en dónde dormir.

La infancia de esta futura escritora se verá fuertemente marcada por momentos de extrema pobreza pero, al mismo tiempo, de mucha riqueza visual y poética en sus continuos viajes por Japón. Debido a los trabajos de su madre y padrastro, entabló tempranas relaciones con toda suerte de personaje oriundos de pueblos mineros, el campo y de las grandes ciudades. Su familia era tan pobre que no logró sacarle una fotografía a la niña que, ya antes de cumplir doce años, conocía el mundo del comercio ambulante. Pero en su cabeza ya empezaban a tejerse pequeñas historias inspiradas en los múltiples personajes con los que se cruzaba. En todos aquellos años de penalidades, Fumiko nunca dejó de querer a su madre a quien siguió en cada paso del viaje y que hizo de ella, sin intención, una escritora peregrina. En un futuro, Fumiko escribiría que el amor hacia su madre era el vínculo que tenía con la realidad, era su más precioso amuleto y por ello no podía pasar mucho tiempo lejos de ella. Quizá sería a la única persona a la que llegaría a amar realmente. Era el único hogar al que quería volver una y mil veces.

La vida de Fumiko Hayashi será el de una peregrina sin destino aparente, una narradora errante que no podrá quedarse quieta mucho tiempo en un solo lugar. Con su nueva familia llegaron a viajar por las prefecturas de Yamaguchi, Kagoshima y Fukuoka. Durante su transición de niña a mujer, Fumiko vivió en muchas ciudades y conoció a mucha gente. En el fondo deseaba conocer nuevos panoramas, voces, personajes y situaciones. Leía caras, voces, expresiones. En todo momento sucedían historias y ella alcanzaba a percibirlo. Debido a la incierta economía familiar, Fumiko alcanzó a cambiar trece veces de escuela elemental. Con todo, pudo recibir una educación, y nunca dejó de sentir la pasión por el aprendizaje, en especial la lectura y escritura.

Tras años de retrasar sus estudios, en 1922 Fumiko logró graduarse de la Escuela secundaria en Onomichi, la prefectura de Hiroshima. Por ese entonces su talento para la escritura era conocido por sus compañeros de estudios y maestros. Estos últimos la encorajaron a que siguiera escribiendo. Fumiko, que no había cumplido los veinte años, empezó a manifestar su amor por la poesía, tanto así que no desaprovechó la oportunidad de enviar sus primeros trabajos a diarios locales.

En este mismo año, Fumiko tuvo su primer desengaño amoroso. Se enamoró de un estudiante a quien siguió hasta la ciudad de Tokio. Allí Fumiko trabajó un año entero en diferentes empleos mal pagados para mantener al hombre que amaba y con el que soñaba casarse. Alcanzó a ser niñera, dependienta en un almacén, mesera en un bar e, incluso, empleada en una fábrica de muñecas. Tokio le abrió una suerte de posibilidades y conoció incontables historias y personajes que la conmovieron, pero Fumiko fracasó en sus muchos intentos de ganarse el sustento. Como si no fuera bastante, al obtener su título universitario, su novio la abandonó y regresó a Kyūshu.

Fumiko decidió quedarse en la ciudad donde entabló relaciones con muchos hombres al tiempo que cambiaba cada cierto tiempo de trabajo. La desdicha, las peleas, la infidelidad y el abandono se volvieron una constante en su vida amorosa. Sin embargo, con cada derrota y fracaso, Fumiko se levantaba y volvía a empezar. Con poca ventilación y ninguna distracción, la joven pintaba juguetes para niños. Servía bebidas en restaurantes de baja estofa. No obstante, en secreto llevaba un diario en el que recopilaba los duros años vividos en la gran ciudad.

Entre 1922 y 1927, Fumiko llenó las páginas de su inseparable compañero con sus vivencias más íntimas, desengaños amorosos, sus grandes expectativas y sueños. Conoció y amó a muchos hombres como el actor Tanabe Wakao y al poeta dadaísta Nomura Yoshiya pero fue herida o abandonada por todos ellos. Trabajadora, lectora incansable, era como un barco que no hallaba el ancla en su vida. Japón mismo pasaba por una fuerte etapa de transición. Pasaba por lo que los historiadores japoneses bautizaron como el período Taishō, o “la era de rectitud”, bajo el gobierno del emperador Yoshihito (quien reinó entre 1912-1925). La salud frágil de este gobernante supuso una serie de problemas sociales y económicos muy grandes para la nación. Se presentaron múltiples disturbios debido a la creciente desigualdad económica. Fumiko malvivía día a día en una gran ciudad producto de una era de muchas incertidumbres y choques políticos.

La era de la agitación

Los años veinte fueron para Japón un período de gran expansionismo geográfico y en el que esperaba estar al nivel de las grandes potencias internacionales. Con estos nuevos cambios otras ideologías despertaron y siguieron las doctrinas del marxismo y el proletariado extranjero. Pese a las grandes brechas sociales, irónicamente en Tokio se gozaba de una gran efervescencia cultural en la que empezaron a surgir revistas culturales, así como nuevas voces de la narrativa, la poesía y la dramaturgia.

1923 fue conocido como el año de la gran agitación.  El país estaba fuertemente endeudado debido a la guerra contra Rusia, poseía escasos programas para atender zonas rurales muy afectadas, había muy malas condiciones laborales para operarios de fábricas. Y todo lo anterior estalla debido al gran terremoto de Kantō de 7,8 grados seguido después por un maremoto. En esta tragedia fallecieron cerca de 110 mil personas y cientos quedaron sin hogar pues se estima que unas 400.000 casas se quemaron en su totalidad. Pero este no fue el final, sino el inicio de una gran transformación. El sismo tomó dimensiones catastróficas, pero aun así los arquitectos e ingenieros japoneses se pusieron inmediatamente a trabajar: tomaron como modelo grandes capitales europeas para poder empezar a reconstruir casas y edificios. Con lo anterior, se ensancharon calles y construyeron nuevas casas para la gente. El espíritu guerrero de Japón no pereció bajo los escombros. Sin embargo, las grietas dejaron a la vista bondad y maldad por igual.

“Nubes flotantes” y “Diario de una vagabunda” son dos de los libros más reconocidos de la autora. Fotografía de WikiCommons.

La dualidad de la experiencia humana

Como en toda crisis, se manifiesta toda suerte de personas; hay quienes desean construir, hay otros que destruyen. Ante la crisis acaecida en Japón, proliferaron grupos xenófobos que decidieron buscar chivos expiatorios ante el desastre ocurrido y atacaron sin piedad a ciudadanos coreanos. Mediante redadas “preventivas” los sometieron a toda suerte de humillaciones y ataques. En ese mismo año nacería un escritor de nombre Shūsaku Endō, autor de novelas como El mar y veneno (1957) Silencio (1966) y El samurái (1980) y exploraría muy a fondo lo contradictorios que podemos llegar a ser los seres humanos en tiempos de crisis. Un día podemos ser perseguidos, pero en otro, perseguidores.

Así pues, el período Taishō fue una época que dibujó dos caras de Japón; por una parte, había un gran descontento social en que surgieron movimientos y corrientes artísticas proletarias y, por otro lado, estaban los intelectuales y naturalistas que creían en la bondad humana por encima de todo. Aprovechando la intensidad de la vida cultural que ofrecía Tokio, Fumiko pacientemente trabajó en su diario que fue publicando por entregas a la Revista Nyonin geijutsu (el arte por las mujeres), cuya directora era Shigure Hasegawa, intelectual, novelista y feminista. Ya en 1930, el diario fue reeditado y publicado como un libro de dos partes llamado Diario de una vagabunda. Este alcanzó a vender cerca de 600.000 ejemplares. El libro de Fumiko  fue un éxito que le permitió pagar sus deudas y viajar por primera vez fuera del país, a China.

Diario de una vagabunda es la obra más personal de su autora que, en años venideros, incorporaría cambios y correcciones, pero la historia es la misma: son las cartas que ella redactaba a una madre ausente y sus sueños que deseaba alcanzar. Este diario podría ser también una serie de fotogramas de un Japón en una época en transición visto desde los ojos de una niña que va haciéndose mayor y más fuerte con cada cambio que la vida le ofrece. También deja entrever las desigualdades sociales y las brechas entre ricos y pobres. Página a página, la autora plasma deseos de una mujer que buscaba el amor y el consuelo en un mundo incierto y en muchas ocasiones hostil. La voz de la narradora en el diario respeta las costumbres de la gente sencilla y comparte su sufrimiento sin caer en el amarillismo o el patetismo. Su escritura era un sano antídoto contra el mundo y la injusticia.

En el Diario de una vagabunda hay más realidad que ficción. Fumiko narra detalles de su día a día, sin necesariamente un orden cronológico; momentos de felicidad, sus calles, trenes, tiendas y deja entrever cómo las dificultades la moldean. Su fuerza narrativa no dejó indiferentes a sus lectoras pues se sintieron identificadas con sus peripecias y logros. Sin haber llegado a conocer personalmente a Virginia Woolf, Fumiko buscó su pequeño espacio para poder escribir. Con lo poco que ganaba en sus trabajos esporádicos compraba libros. Pero siempre escribió. Al final, su trabajo fue reconocido y aún hoy sus palabras conmueven al lector sin importar su nacionalidad.

El poder de la literatura

El cambio de vida de Fumiko coincidió con el nuevo periodo en Japón, la era Showa o “de la paz ilustrada” del gobierno del emperador Hirohito, quien vería años muy luminosos, pero también muy oscuros (1926-1989). La era Showa también podemos verla como de gran expansión y será la de los gobiernos más largos en la historia de ese país, moldeados también por una gran agitación interna a causa de la fuerza que había cobrado el Nacionalismo en el territorio nipón.

En la década de los treinta, Japón tenía un fuerte militarismo y tensas relaciones con los países aliados. Con el auge del ultranacionalismo y el discurso racista proveniente de Europa, el mundo se preparaba para lo que hoy conocemos como la Segunda Guerra Mundial. Entretanto, Fumiko brillaba y publicaba sus escritos a periódicos y revistas de la época. Publicó, en 1930, su poemario Vi un caballo azul; en 1933, la novela autobiográfica Un registro de la Pobreza Honorable y, un año más tarde, Nakimushi Kozo. Esta última fue llevada al cine en 1938 por Shirō Toyoda. El mundo se preparaba para la guerra, pero Fumiko brillaba. Sus ganancias le permitieron conocer China, Corea, Rusia, Inglaterra y Francia. Se sintió especialmente feliz en Londres y París. Manifestó especial interés por la lengua y cultura francesa, leyó a Flaubert y Maupassant incluso en su novela futura, Nubes flotantes, hará referencias a Bel Ami (1885). Al tiempo que viajaba, realizaba reportajes y notas periodísticas.

En los años posteriores a su viaje a Europa, Fumiko Hayashi conoció la cara oscura de la historia. Nunca había manifestado su ideología política, pero había colaborado con el diario Akahata, señalado de comunista por el gobierno de ese entonces. Fue arrestada, interrogada y posteriormente liberada. En aquel entonces, Japón estaba en guerra con China y todo sospechoso de ser traidor era un peligro que acechaba a periodistas y escritores. Fumiko había conocido el hambre desde pequeña, por tanto, sin importar su corriente ideológica, había aceptado encargos periodísticos para poder subsistir. En los años 1937 y 1938, respetivamente, aceptó viajes pagados por el gobierno japonés. Fue corresponsal del periódico Mainichi en Nanjing (China) y realizó crónicas para el Asahi en Wuhan.

Entre 1942 y 1943, Fumiko Hayashi trabajó como secretaria en Singapur. Alcanzó a conocer los paisajes de Borneo y Sumatra. Lo anterior será inspiración para un futuro trabajo, su última novela, Nubles flotantes. En ella, vemos cómo las mujeres tuvieron una labor activa durante la Guerra como corresponsales, mecanógrafas y traductoras. En ese entonces, los artistas se encontraban en la encrucijada de estar a favor o en contra del gobierno. Como ejemplo de lo anterior está el caso del pintor Ono-san, protagonista de la novela del premio Nobel, Kazuo Ishiguro, Un artista del mundo flotante (1986).

De todo lo anterior podemos decir que la historia de Hayashi Fumiko haya sido casi olvidada debido a su incierta posición durante uno de los escenarios más cruentos de la Segunda Guerra Mundial. Ciudades como Wuhan y Nanking fueron escenarios que conocieron el miedo y el dolor durante las batallas contra Japón. ¿Qué vio exactamente Fumiko durante su trabajo como reportera? Jamás lo contaría con detalles pero escribiría, en 1951, una obra desgarradora que inspiró al cineasta Mikio Naruse para la película Floating clouds. En ella, una alter ego de la autora, Yukiko, mecanógrafa en Dalat (Indonesia), vive una tormentosa relación con Tomioka, un oficial del Ministerio de Agricultura. La historia de ambos queda interrumpida con la victoria de los aliados. Cuando la pareja regresa a Japón e intenta en vano revivir la idílica historia que tuvieron durante la guerra del Pacífico todo se desmorona.

En 1945, con la derrota ante los Aliados, Fumiko conformó un grupo de japoneses expatriados que regresaron a Tokio ese año. Reunió todos sus pedazos, se impuso y volvió a salir adelante, sola, como siempre la había hecho. Reunió algo de dinero y alcanzó a adquirir una casa en Kami-ochiai, Shinjuku, un barrio muy reconocido de Tokio. Allí, alcanzó a comprar cerca de 200 libros sobre botánica y arquitectura japonesa. En esta casa (actualmente es un museo y abierto al público), Fumiko dio rienda suelta a su producción literaria. Fue alabada y criticada al mismo tiempo. Hay quienes creen que fue una colaboracionista, otros, que fue discreta al demostrar su compromiso con su país durante la Guerra. En todo caso, sus obras se pueden dividir en un “antes” y un “después” de la Segunda Guerra Mundial. En este segundo grupo cabe destacar las novelas Remolino (1947) y Crisantemo tardío (1948) que narran una posguerra y eventual regeneración.

A lo largo de su vida, Fumiko publicó 278 libros, más de treinta mil páginas (cuentos, reportajes, crónicas) y no dejó de trabajar hasta el día de su muerte, el 28 de junio de 1951, debido a un ataque al corazón. La escritora murió al poco tiempo de acabar Nubes flotantes, un libro con el que los lectores conocen y se compadecen de dos personajes marcados por la guerra y que, ante todo, buscan amar así este sentimiento les destruya. Con esta novela los lectores conocerán más a fondo un Japón en ruinas pero que se regenera poco a poco. El cineasta Mikio Naruse (1905-1969) llevó a la gran pantalla Horoki (1962), obra en que se homenajea a Fumiko Hayashi, escritora, viajera y que nunca dejó de crear.


*Mariana Vargas Fety es comunicadora social con énfasis en Periodismo de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Especialista en Creación Narrativa y Magíster en Creación Literaria de la Universidad Central de Bogotá. Cuenta con experiencia en periodismo y elaboración de guiones para radio y televisión. Actualmente es conferencista y profesora de Literatura Universal en diferentes centros de cultura y universidades de Bogotá. También es coordinadora de clubes de libro bilingües.