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Inmersa en la realidad política y social durante la Revolución Cultural china, Jung Chang, desafió las normas para cumplir su deseo de escribir. En este recuento,  compartimos su historia de fuerza, perseverancia y aportes a la literatura global. 

Mariana Vargas Fety *

La escritora, Jung Chang

“Si esto es el cielo, ¿cómo será el infierno?” Estos fueron los pensamientos de una adolescente china cuando se vio forzada a romper su primer poema que había escrito en secreto y con motivo de su cumpleaños número dieciséis. La Guardia Roja había irrumpido en su casa (como tantas otras veces) y había registrado el domicilio a la caza de algún elemento sospechoso. Por lo anterior, la joven autora destruyó su pequeña pieza de creación literaria, pues de haber caído en manos de sus perseguidores, se habría visto en serios problemas: sus familiares eran desde hacía algún tiempo sospechosos contrarrevolucionarios. Cualquier más mínima sospecha y podría poner en peligro de muerte a la joven, sus padres y hermanos.

Cuando los guardias se marcharon, aquella joven experimentó lo que sería el inicio de una desilusión que crecería con los años. Nuevamente se veía forzada a guardar silencio y a reservar sus ideas y pensamientos trasgresores solo para ella. Siempre que tocaban la puerta, escondía sus libros preferidos, algunos de ellos habilidosamente camuflados y otros, obtenidos con astucia en el mercado negro. Sin saberlo, la joven Jung Chang albergaba el deseo secreto de escribir libros. Pero en la época en que Mao era el Líder supremo de China, el acto de escribir era la más peligrosa de las profesiones.

Corrían tiempos difíciles, pues en 1966 se desencadenó la llamada Revolución Cultural, fenómeno social y político que esperaba dar un cambio radical al Gobierno de China y de sus gentes. En principio, uno de sus  firmes propósitos fue el de “reeducar” a la población, dar un gran salto en la economía y purgar toda influencia negativa proveniente de la burguesía y el capitalismo. Frente a esto último, el nuevo gobierno pretendía por medio de una intensa lucha de clases, liberar al pueblo, los obreros y al campesinado que por tanto años habían padecido bajo el yugo de las clases más poderosas. Sin embargo, el sueño de la Revolución se convirtió en pesadilla para muchos otros.

Bajos las nuevas políticas del gobierno de Mao Zedong (1893-1976) una clase opresora y violenta fue derrocada para dejar a otra en su lugar. Una espiral de violencia se disparó, se cerraron centros educativos y culturales y se iniciaron cacerías, exilios y purgas de miembros de la clase intelectual o burguesa. Con todo lo anterior, se creó una atmósfera de constante intriga y de recelo. La familia de la joven que se convertiría en escritora no fue la excepción, pues víctimas de la envidia de miembros de su círculo más próximo, fueron señalados como criminales.

Entre los castigos más crueles estaban los de asistir a los terribles comités de denuncias en los cuales el “culpable” era sometido a toda suerte de humillaciones e insultos por parte de una multitud enardecida. Y también el de quemar sus propias bibliotecas. Por ello, Jung debía leer y escribir en la absoluta clandestinidad, pues tanto las salas de cine como los salones de té habían sido completamente erradicados. Muy en el fondo, soñaba con estudiar y volar, pero no sabía cuándo podría suceder, pues un pequeño error podría condenarla.

Pasión y obediencia

Jung Chang nació el 25 de marzo de 1952 en Yibin (China), en el seno de una familia fiel al Partido comunista. Los padres de Jung fueron en su momento conocidos como muchos de los “héroes” de la Revolución, pues desde su juventud demostraron su devoción a la ideología del Partido. De hecho, sus cinco hijos vinieron al mundo durante el ascenso del comunismo al poder. Por tanto, Jung y sus hermanos crecieron en un pequeño paraíso en el que ciertas libertades les eran concedidas y fueron educados en el culto a Mao. A medida que crecía, Jung leía siempre que podía y sin saberlo, alimentó el deseo de escribir sus propias historias.  Sin embargo, esta afición la cultivará muchos años más tarde.

Durante la Revolución Cultural, Jung quiso demostrar su lealtad al Partido y se incorporó brevemente a la Guardia Roja, pero acabó dejándola debido a los actos de violencia que dentro de ella encontró. Atestiguó cómo compañeros, profesores, vecinos o todo sospechoso de ser un capitalista o “contrarrevolucionario” era víctima de señalamiento público, de golpizas y ostracismo social. Un día, fueron los propios padres de Jung quienes fueron llamados a los comités de denuncia, arrestados durante días y, finalmente, llevados a campos de trabajo debido a antiguas conexiones con el Parido del Kuomintang y de criticar los excesos del nuevo gobierno. Por tanto, el peligro acechaba a la familia como la noche seguía al día.

Cuando alcanzó la mayoría de edad, y como tantos otros muchachos, Jung trabajó en el campo. Esto fue debido a la nueva política del gobierno de Mao quien aseguraba que el trabajo fuerte haría de ellos mejores comunistas. Por tanto, al estar prohibida la educación, la lectura o cualquier otro “pasatiempo burgués”, cientos de jóvenes fueron enviados de la ciudad al campo a trabajar como “médicos descalzos”, obreros metalúrgicos o electricistas. Frente a esto último, no tuvieron libros sino incipientes manuales en los que seguían instrucciones. Jung realizó su trabajo como mejor pudo, pero siempre que tuvo la oportunidad, llevó un libro consigo. Leía a escondidas y lejos de los ojos avizores que podían denunciarla.

Las medidas sociales y económicas impuestas por el Régimen de Mao Zedong interrumpirán la educación y la cultura de toda una generación, al tiempo que dejarán una ola hambruna, violencia e ignorancia. Al verse imposibilitada de escribir sus poemas o historias en papel, Jung trabajaba mentalmente. Esperaba que algún día los centros educativos abrieran sus puertas para calmar la gran sed de conocimiento que desde pequeña la atormentaba sin descanso.

Debido a nuevas reformas en el Gobierno, fue hasta el año 1973 que Jung Chang pudo volver a estudiar pues ciertos centros educativos fueron reabiertos. De manera que se inscribió en la Universidad de Sichuan donde perfeccionó su inglés. Con la muerte del padre de Jung en el año 1975, la desconfianza y el miedo a Mao se convierten en odio. Y fue en 1976 que tuvo que fingir que lloraba la muerte de aquel hombre al que muchos llamaban “El gran Timonel de la República popular China”. La muerte de Mao fue el final de la pesadilla y la oportunidad de muchas jóvenes como Jung de realizar sus sueños más profundos.

Un nuevo panorama

Tras haber trabajado como docente adjunta en la Universidad de Sichuan, Jung aplicó para una de las becas que el nuevo Gobierno ofrecía a estudiantes chinos que deseasen complementar sus conocimientos en el extranjero. Tras diversos contratiempos, solicitudes y exámenes, Jung obtuvo su beca para estudiar Lingüística en la Universidad de York en Gran Bretaña. En 1978 dejó China por primera vez. Ese mismo años irónicamente, su padre, que había muerto debido a los excesos del anterior Gobierno, fue absuelto por el nuevo y póstumamente fue catalogado como un “buen funcionario y miembro del Partido”.

Con el paso de los años, Jung fue venciendo paulatinamente sus temores. Se halló muy a gusto en Inglaterra donde conoció el encanto de los centros culturales, los museos y los parques, estos últimos lugares que habían sido eliminados en China durante la Revolución Cultural. Pese a todo, el fantasma de Mao seguía con ella, pero aún no estaba muy segura cómo exorcizarlo. En 1982 se convirtió en la primera mujer de la República Popular China en doctorarse en una Universidad de habla inglesa. En los años que siguió en Gran Bretaña, viajó, enseñó y conoció a su futuro esposo, el historiador John Halliday. Sin embargo, aún no estaba preparada para escribir el gran libro que desde hacía tiempo guardaba dentro de sí misma.

En el año de 1988 la madre de Jung Chang visitó por primera vez el extranjero y se quedó unos meses con su hija. Decía que tenía algo importante que contarle a Jung, así que tuvieron largas conversaciones en las que, como si fueran unas piezas de rompecabezas, Jung logró armar la historia y el pasado familiar. Gracias a la sabiduría de su madre, logró por fin vencer al fantasma de Mao y de poner en papel no sólo su historia, sino la de su abuela y su madre que, como ella, dieron muestras de valor durante distintos períodos históricos de China.

En 1991 Jung Chang publicó Cisnes salvajes: Tres hijas de China, un libro de memorias que recopila gran parte del siglo veinte en China, y se divide en tres grandes parte: la voz de su abuela, la de su madre y finalmente, ella misma. Un libro indispensable para todo lector que desee conocer China desde las voces de tres valerosas mujeres que siempre dieron lo mejor de sí sin importar las duras condiciones a las que fueron impuestas. Este es un libro que sigue estando prohibido en China y que no han logrado adaptarlo al cine.

Portada del libro Cisnes Salvajes

Testimonios de fuerza

Cisnes salvajes  inicia en 1909, un período turbulento en que China todavía era una sociedad feudal y que hoy en día se conoce como la era de los Warlords. En esta época, la abuela de Jung es convertida, por el deseo de la familia, en concubina de un general muy poderoso del Kuomintang. Conocemos a la esposa adolescente a quien desde los dos años tiene los pies vendados, (atributo altamente respetado en China de esa época), es víctima del abandono, permanece bajo estricta vigilancia y es víctima de la tiranía y celos de la esposa del general y que con suerte, logra escapar con su hija pequeña para poder emprender el camino de su propia vida.

Seguimos con la historia de la madre de Jung, quien nace y crece bajo la ocupación japonesa de Manchukuo y que China se prepara para una sangrienta guerra. Al hacerse mayor, esta mujer colabora como enlace de información para las fuerzas comunistas en donde conocerá a su futuro marido y padre de sus cinco hijos. La familia pasará de ser un grupo de “héroes del comunismo” a enemigos del estado. Finalmente, el libro cierra con la voz de la propia autora quien crece en el culto a Mao y que empezará a experimentar serias dudas, temores hasta finalmente odio hacia el Partido que no sólo destruye los sueños sino que también cobra la vida de miles de personas.

Cisnes salvajes es un conjunto de valiosas voces y testimonios que ha sido traducido a múltiples idiomas y ha recibido muchos reconocimientos de la crítica internacional y que no puede faltar en ninguna biblioteca. Resulta una lectura amable para los lectores occidentales quienes aprenderán más sobre la historia política, económica y social de China durante el cambio de siglo al tiempo que seguirán, página a página, a cada una de las heroínas de la historia. Cada una de ellas estas mujeres dio muestra de valor en medio de tanta adversidad. Todas ellas representan una parte de China; tres voces, tres épocas, tres cisnes que siempre soñaron con volar…pero que solo una de ellas lo logró.


*Mariana Vargas es comunicadora social con énfasis en Periodismo de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Especialista en Creación Narrativa y Magíster en Creación Literaria de la Universidad Central de Bogotá. Cuenta con experiencia en periodismo y elaboración de guiones para radio y televisión. Actualmente es conferencista y profesora de Literatura Universal en diferentes centros de cultura y universidades de Bogotá. También es coordinadora de clubes de libro bilingües.